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Fuí yo quien gritó: ¡Trece!
Y con aquello, señor Del Río, la espera comenzó para hacerse poema.
Acepte mis disculpas, porfavor...
Pero mientras usted celebraba su vigésimo tercer cumpleaños, yo sólo comenzaba a respirar, entre lágrimas y chillidos dados por el primer bofetón.
Es difícil nacer en el Décimo tercer... Pero es mejor que no abrir los ojos nunca.
¿No es así amigo?
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